Francisco Fernández Pardo
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Tomo II
Tomo II

Desamortizaciones (1815-1868)

Algunas ilustraciones
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Dispersión y destrucción del patrimonio artístico español. Tomo II

Desamortizaciones (1815-1868)

Introducción

Volumen II (1815-1868)

En el volumen anterior hemos examinado las repercusiones que la invasión francesa produjo en el patrimonio artístico de la nación española. Fueron, como hemos visto, unos pocos años de guerra, ocu­pación y desórdenes pero suficientes para que la ruina, la destrucción y saqueo de tal patrimonio dejara unas secuelas irreparables en nuestro Tesoro artístico.

Ahora sin embargo deberemos examinar otros desmanes llevados a cabo en los años siguientes, desde esa contienda hasta la Revolución de 1868, esta vez no por agentes extranjeros, no siempre por milites ávidos de botín o a causa de desórdenes públicos y guerras, sino por los propios espa­ñoles que llevados por la codicia y en colaboración con gen­tes sólo preocupadas por enriquecerse, acometieron la triste empresa de incrementar la merma de nuestro patrimonio. Fue una depredación artística sin apenas ruptura respecto de la Guerra de la Independencia. También en ésta, como en la anterior circunstancia el despojamiento y la devasta­ción gozaron de la más completa impunidad.

De poco valían para impedirlo las denuncias que se ha­cían, algunas de data antigua. Aunque sin fecha, conocemos un viejo documento firmado por el pintor Manuel Acevedo y dirigido al ministro conde de Floridablanca en el que con gran valentía denunciaba el pintor que ciertos "sujetos de esta Corte, con la mayor diligencia y eficacia recogen las pinturas más primorosas para extraerlas fuera del Reino". Señala sobre todo en esta función depredadora a un tal "Baltasar Angelot de nación francesa (muy conocido de muchos artífices y chalanes que no ignoran sus manejos, y aun creeré que diferentes aficionados y patricios, entre ellos los Iriarte, Luna y otros justificarán este hecho). Últimamente -le dice- envió en los equipajes del emba­jador de Francia y entre ¡as pinturas apreciables que envió se admiraban unas excelentes batallas del célebre Velázquez con otros juguetes de David Teniers. Se sabe que posteriormente han salido de su casa otros grandes cuadros. Ya sin duda estarán ocul­tos en Madrid y se recela en casa de algún dependiente del Excmo. Sr. conde de Fernán Núñez con el fin de esperar la ocasión opor­tuna para extraerlos por Portugal a Londres".

Con su mejor intención el ministro escribió a don Anto­nio Ponz para que éste le sugiriera lo que podría hacerse con el fin de impedir su evasión pero las extracciones ilegales nunca pudieron frenarse, sobre todo porque en los años siguientes fueron favorecidas incluso por la acción oficial.

En efecto, tanto en el sexenio absolutista que siguió a la Guerra de la Independencia (1814-1820) como en el Trie­nio Liberal (1820-1823) y luego en la llamada "Década omi­nosa" (1823-1833), sólo conocimos cortos períodos de tregua en lo tocante a la ruina del patrimonio artístico, una merma que en mayor o menor grado continuó imparable y todavía se incrementó en el momento de producirse las malhadadas desamortizaciones, a partir de 1835.

Aunque la opresión y el despotismo de Fernando VII fue­ron proverbiales, durante este tercio de siglo no deja de sor­prender que, sujeta la Iglesia y la aristocracia a su imperiosa voluntad, la almoneda de sus tesoros artísticos continuara sin tregua y se mantuviera un silencio gubernamental tan sospe­choso. Y más que tampoco surgiera al menos una voz que cla­mara para que las leyes vigentes se cumplieran. Son cosas que sorprenden tanto como la carencia de sensibilidad colectiva ante la merma experimentada en nuestro legado cultural.

Comprobamos que durante ese primer período absolutis­ta las consignaciones oficiales para la recuperación de edifi­cios y templos arruinados por la contienda pasada son escasísimas por no decir nulas. Cierto es que existía una carencia absoluta de medios para sostenerlos, pero es sinto­mático que tras la Guerra de la Independencia y durante los años treinta esa tónica de indiferencia y silencio se mantu­viera hasta la muerte de Fernando VII, en cuyo rei­nado huelgan las disposiciones y medidas que velen por los monumentos y bienes que todavía quedaban en pie, cuanto menos los medios financieros para recuperarlos o restaurarlos.

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